viernes, 18 de abril de 2014

No existe la "pareja hombre y mujer"



El término <<pareja>> proviene del latín <<par>>, <<parís>>, que significa <<igual>>. En consonancia con su etimología, designa elementos iguales o semejantes que se encuentran interrelacionados o unidos entre sí. Cuando hacemos referencia a una pareja de enamorados o novios, por ejemplo, resaltamos su condición de <<paridad>>, <<semejanza>> o <<simetría>>. Por lo mismo, cuando vemos dos novios que son muy distintos el uno del otro, decimos que se trata de una <<pareja dispareja>>, pese a la contradicción terminológica que ello supone. Así, por ejemplo, una mujer sumamente alta desposada con un hombre bajo hacen, en términos de estatura, una <<pareja dispareja>>, al igual que la hacen, en términos raciales, una persona blanca comprometida con una negra, y en términos estéticos una mujer muy hermosa con un hombre feo. No obstante, existen otras <<disparidades>> de índole psicológico, moral y espiritual. Así, por ejemplo, dos personas pueden formar una <<pareja dispareja>> por ser incompatibles en términos psicológicos: el uno de izquierda, liberal y ateo, la otra de derecha, conservadora y religiosa. En el sentido moral, dos personas que yacen juntas son <<disparejas>> cuando una es honesta y la otra deshonesta; y espiritualmente, cuando una tiende hacia lo metafísico y la otra hacia lo físico.

Teniendo en cuenta el sentido etimológico del término, cabe decir que las <<parejas del mismo sexo>> son, por excelencia y en contraste con las <<parejas del sexo opuesto>>, el modelo prioritario de <<pareja>>. Puesto que las personas de <<sexo opuesto>> son <<dispares>> entre sí, tanto a nivel físico como psicológico, no se puede afirmar con propiedad que sean <<pareja>>, salvo en segundo grado. Al revés, las personas del <<mismo sexo>> son <<parejas>> en primer grado, de acuerdo al sentido original del vocablo. Así como <<alta y bajo>>, <<noble y plebeyo>>, <<delgada y gordo>>, <<humano y gato>>, <<adulto y niña>>, <<inteligente y bruto>>, <<buena y malo>> conforman <<parejas disparejas>>, mientras que <<alta y alto>>, <<noble y noble>>, <<delgada y delgado>>, <<humano y humano>>, <<adulto y adulta>>, <<inteligente e inteligente>>, <<buena y bueno>> conforman <<parejas parejas>>, así <<mujer y mujer>> y <<hombre y hombre>> conforman <<parejas parejas>> mientras que <<hombre y mujer>> conforman una <<pareja dispareja>>.

La <<pareja más pareja>>, por lo mismo, es factible entre personas similares en constitución física, racial, sexual, sociocultural, psicológica y espiritual. Por eso, la <<pareja perfecta>>, la <<pareja por excelencia>>, en la que existe un grado mayor de afinidad, será la constituida por gemelos del mismo sexo. Al contrario, las relaciones heterosexuales, interraciales e interculturales, como la pedofilia y la zoofilia, implican una relación <<dispar>> o <<asimétrica>>. En las relaciones heterosexuales suele darse una <<asimetria vertical>> entre el hombre y la mujer en lo concerniente a la fuerza y agilidad físicas y a disposición de dominio, por lo cual la mujer se encuentra naturalmente en desventaja y vulnerable, pero, en contrapartida, goza de una mayor capacidad emocional que abre un abismo infranqueable entre ella y el hombre. La pedofilia es similar en ese sentido, ya que el adulto mantiene una relación <<asimétrica y vertical>> respecto del niño, en la que el primero predomina en fuerza y destreza física, y disposición de dominio sobre el segundo, así como, además, en experiencia, por lo cual el niño se halla en situación de desventaja y vulnerabilidad. La zoofilia se les parece, debido a que también se trata de una relación <<asimétrica y vertical>>, en la que el ser humano mantiene el dominio sobre el animal y abriga una capacidad intelectual que por su superioridad crea un abismo infranqueable entre ambos, imposibilitando la comunicación fluida. A causa de las <<discrepancias de naturaleza y/o de estado>>, en <<parejas disparejas>> la comunicación nunca es plena, sino siempre incompleta o defectuosa, dadas las divergencias irreductibles.

Considerada en stricto sensu, no existe la <<pareja hombre y mujer>>, ya que ambos sexos son discordantes. Lo que existe son <<parejas>> de hombres y mujeres que lo son no en función de su sexo, ya que este es <<dispar>> y por lo mismo no participa de la <<paridad>>, sino en razón de otras cualidades que los hacen <<pares>, como los gustos, por ejemplo. Es en la medida de sus cualidades <<pares>> en la que se los considera <<pareja>>. Por consiguiente, si nos ubicamos desde el punto de vista del sexo, solo existe, propiamente hablando, <<pareja del mismo sexo>>. Tampoco se pueden calificar de <<relaciones de pareja>> las relaciones polígamas, puesto que existe una <<disparidad asimétrica>> respecto del número de los involucrados y la dirección atencional que los varios dirigen al uno. La intencionalidad de muchos no es <<equivalente>> a la de uno, sino <<desproporcional>>.

La ventaja de conformar una <<pareja>> lo más <<pareja>> posible, reside en la comunicación transparente que se establece, en la compatibilidad de los involucrados, en su afinidad natural y, por ende, en su mayor capacidad de compenetrarse, empatizar y amarse mutuamente. La mutua comprensión prefigura al amor. La amistad es la base sólida sobre la cual se edifica el <<amor de pareja>>. Los vínculos profundos y estrechos dependen del nivel de comunión o convergencia, que no es posible cuando las naturalezas son irreductiblemente discrepantes.

La fijación en la <<diferencia>> conlleva a relaciones <<desiguales>> cuyo grado extremo, entre las conocidas, es la zoofilia, que involucra <<desigualdad>> en todos los niveles. Quizás sea agradable para los <<amantes de la interesante diferencia>>, pero a mí me sienta mejor la <<simétrica, afín y concordante igualdad>>. El <<sentido horizontal>> de las <<relaciones de pareja>> entre <<personas del mismo sexo>>, en contraste con la <<asimetría vertical>> de otras relaciones, permite un mayor alcance de unidad, una fusión completa sin fisuras. La distancia no solo es, en estos casos, quebrada por la unión amorosa y sexual, sino que además es quebrada por la naturaleza, disposición y estado de los involucrados, cuya <<semejanza>> los une aún más, de forma cualitativa, al hacerlos participes de una misma condición. La unión cuantitativa, que permite la materia dentro del espacio y tiempo, es física, mientras que la cualitativa es metafísica. Los amantes por naturaleza desean ser un solo ser con su amado, y esto lo llevan al plano físico uniéndose, y a nivel psicológico compartiendo. Pero la unión no es nunca cabal en ningún caso, puesto que son entes diferentes. No obstante, se aproximan más a la unificación plena en la medida en la que se hacen cualitativamente <<semejantes>>: anulada la divergencia a nivel espiritual, solo queda anular la separación espacio-temporal, y esto se lleva a cabo tras la muerte. La distancia cualitativa presente en personas de <<sexo opuesto>>, al contrario, contribuye a su <<separación>> o <<distanciamiento>> cualitativo. Y, puesto que en el latín separāre (separar) es lo opuesto de ligare (ligar), se puede afirmar que los enamorados del <<mismo sexo, raza, estrato social, cultura, religión…>> están ligados cualitativamente.


Relación asimétrica X


Relación asimétrica X


Relación asimétrica X


Relación asimétrica X


Relación simétrica

sábado, 12 de abril de 2014

Marcha por la diversidad, la libertad y la igualdad: marcha por la unión civil entre personas del mismo sexo en Lima




Estas imágenes son excelentes. Creo que es la manifestación más estética, bella, pacífica y colorida que he visto en mi vida. Se ven personas de todas las edades, desde niños pequeños hasta ancianos, de distinta raza y sexo, homosexuales, heterosexuales, bisexuales, pansexuales, asexuales, queers, etc. Y pensar que a la par que estas buenas personas amantes de la igualdad, la libertad y el amor dan el ejemplo llevando a sus hijos, para educarlos en esos valores, existe gente "moralista" que se horroriza ante la idea de que los niños sepan de la existencia de la diversidad sexual y creen que es "bueno" para ellos contaminar su mente inocente con prejuicios arcaicos y con prohibiciones irracionales. Digo "moralistas", ya que esa gente profesa una "moral" que es sumamente inmoral y opuesta a los verdaderos valores éticos, una moral más parecida a la de ciertos musulmanes que lapidan mujeres que a la de personas sensibles y bondadosas. Vemos que quienes forman la manifestación, además, comparten entre sí, son sinceros, espontáneos, risueños, para nada parecidos a los conservadores serios y amargados. Esta es la manifestación más alegre, jovial y festiva que he visto, la más amante de la vida y la felicidad.


Alguien dijo: "Vi familias completas, niños y grandes. Vi hombres y mujeres, vi mujeres y mujeres, vi hombres y hombres. Vi padres, vi hijos, vi a Francesca con Juan Pablo y Vera, vi a los hijos de Víctor y Virginia cargándose para no cansarse. Vi a Beto y a Karla, y a Kño. Vi a Ceci a Ericka y a Karen. Vi a Norma y a Valeria, vi a Gustavo con su novia, a Vanessa, con su esposo y su gorda preciosa. Vi madres de la mano de sus hijos. Hijos empujando la silla de ruedas de sus padres. Vi a Carmen Masias, a Asiri, a Nanny y su bello Valentín. Vi a Iñigo y a Marina, a Maria Luisa y a Nua, a Diana, a Diego... Vi amigos y desconocidos, grandes y chicos, viejos y jóvenes. Vi un mar de gente pidiendo igualdad, libertad. Vi amor, mucho amor y me sentí absolutamente orgullosa de estar ahí con mi hijo."




















Testimonio de joven heterosexual criado por madres lesbianas



miércoles, 9 de abril de 2014

Homosexualidad, zoofilia, roca-filia y gran hipocresía





Cuando se aborda el tema sobre la unión civil entre personas del mismo sexo, a algunos individuos no se les ocurre mejor argumento que señalar que, si se aceptan aquellas uniones, también cabría aceptar la zoofilia y pronto habría quien reclamaría el derecho a desposarse en solemne ceremonia con una roca volcánica. A continuación exclaman, desbordados, olvidando colocar puntos y comas, y escribiendo –qué mal gusto- todo en mayúsculas, que la unión es lícita exclusivamente entre “HOMBRE Y MUJER”. Algunos, yendo todavía más lejos, refieren que la unión es entre “VARÓN Y HEMBRA” -¿qué clase de animales piensan que somos las mujeres?- y profieren desordenadamente una avalancha de insultos: “ABOMINACIÓN”, “ABERRANTE”, “DEPRAVADOS”, etc. Cuando leo esta clase de comentarios, no solo advierto ausencia de educación y delicadeza, sino que mi audaz imaginación proyecta algunas imágenes: imagino a estos individuos profiriendo aquellas sentencias ebrios en una taberna, gritando y escupiendo, y agitando los brazos mientras vociferan, y quizá golpeado con un mazo o machete sobre alguna roca volcánica. De hecho, lo más paradójico, es que me imagino a los habitantes de los pueblos que se han dado a conocer como Sodoma y Gomorra. Todo el caos y alboroto que ellos abrigan en su interior contra las parejas no constituidas por “VARÓN Y HEMBRA” –¡uga, uga, uga!-, lo vomitan sobre su escritura enrevesada y prepotente. 

A continuación explicaré por qué el “argumento” relativo a la zoofilia y a las “bodas” con rocas volcánicas carece de valor, y por qué son peculiaridades de gente orate exclamaciones como la siguiente: “¡SI ASEPTAMOS LA HOMOSEXUALIDAD VENDRAN LA ZOOFILIA Y EL MATRIMONIO CON ROCAS BOLCANICAS Y LLOVERA SANGRE Y PUS DEL CIELO Y LOS DIPUTADOS ESTABLECERAN COMO NORMA LA DESNUDES EN LOS COLEGIOS Y LOS BUEYES TENDRAN SEXO CON ABEJORROS!”.  

En primer lugar, no se da una relación lógica ni analógica entre la unión de dos seres humanos de un mismo sexo y la de un ser humano con un animal o una roca. La primera unión se da entre dos seres inteligentes y afines entre sí, que comparten un gran porcentaje de ADN y, dada su <<semejanza>>, existe un vínculo próximo entre ellos en función de la misma. Ya que las relaciones entre personas del <<mismo>> sexo se rigen por la <<semejanza>> o <<igualdad>>, como lo establece la etimología del termino <<homosexual>> (del griego ὁμο, homo «igual», y del latín sexus «sexo»), y no por la <<diferencia>>, <<desemejanza>> o <<disparidad>>, no es factible establecer una conexión entre la primera unión y la segunda, que al contrario se establece sobre la <<desigualdad>> de los entes involucrados. De hecho, desde este punto de vista cabría afirmar que la unión heterosexual es más próxima a la zoofilia y al matrimonio con rocas que la homosexual, ya que si consideramos la unión heterosexual como lo que es desde su etimología (héteros, diferente), podríamos establecer un nexo desde la <<diferencia>>. Asimismo, la unión interracial entre hombre y mujer se podría considerar aún más próxima a la zoofilia y la roca-filia, porque en ella se da un mayor grado de <<desemejanza>> entre los involucrados. A la inversa, las uniones endogámicas serían el polo opuesto de la zoofilia y la roca-filia, sobre todo si son homosexuales, ya que se fundamentarían en la <<semejanza>> al compartir una mayor proporción de código genético. Desde este marco, se dan uniones que parten desde un mayor grado de <<semejanza>> hasta un mayor grado de <<desemejanza>>. En el primer término se halla la unión endogámica homosexual, luego la endogámica heterosexual, después le siguen la homosexual no endogámica, la heterosexual no endogámica, la homosexual interracial, la heterosexual interracial, la zoofilia y, finalmente, la roca-filia. Esta exposición sí establece una relación lógica, analógica y racional, a diferencia de la sostenida por los irracionalistas orates antes mencionados. Ergo, si le temen a la zoofilia y a la roca-filia, habría que prohibir la unión cuyo término fuese el más próximo a ellas, es decir, la unión heterosexual interracial. 

En segundo lugar, estos irracionalistas parten de la idea preconcebida de que la zoofilia y la roca-filia son por fuerza <<malas>> en toda situación. El animal, puesto que es un ser vivo sintiente, cuya condición de sujeto de derecho fue establecida por los Derechos Animales, debe ser respetado en su integridad. Por lo mismo, la violación sexual a cualquier animal ha de ser tenida por incorrecta y punible, no así el caso en el que el animal de muestras o señales claras de consentir al acto sexual. En este último caso, la zoofilia no puede ser tenida por <<mala>>, si no es por una afección a la cucufatería. En cuanto a la roca-filia, en ningún caso puede ser tenia por <<mala>>, ya que, al tratarse de un ente inerte carente de voluntad y sensibilidad, es decir, de un objeto, no se da atropello alguno de parte del rocofilo a la roca, como tampoco se atropellan los “derechos” de un dildo de plástico por parte de quien lo usa. Si alguien desea unirse en matrimonio con una roca, ¿cuál es el problema? ¿Alguien puede darme alguna explicación objetiva y racional, más allá de su perturbación subjetiva ante lo que le resulta atípico o poco familiar, de por qué aquello debe censurarse? 

En tercer lugar, los “machotes” y las <<mujeres pisadas>> que sostienen que la unión debe ser exclusivamente entre “VARÓN Y HEMBRA” –pensé que no gustaban de la zoofilia-, obvian el hecho de que, por lo menos los “machotes”, tienen por usanza masturbarse, es decir, mantener relaciones sexuales consigo mismos, relaciones monosexuales, o, si se quiere ver de otra forma, mantener relaciones sexuales con su propia mano. Si las relaciones sexuales solo deben establecerse entre sujetos humanos se sexo opuesto, ¿por qué ellos mantienen relaciones sexuales con un sujeto de su mismo sexo, es decir, con ellos mismos, para luego condenar a quienes hacen lo mismo que ellos solo que con otra persona? La masturbación es un acto onanista y narcisista en el cual solo tiene parte del placer uno mismo, y no existe un <<otro>> al cual brindar placer, no existe un <<otro>> ni mucho menos un <<ser querido, admirado y amado>> con el cual compartir, de forma que es una relación completamente fría, cosificada e inhumana. En la relación homosexual, al contrario, se establece un vínculo con <<otro ser humano>>, una conexión con <<otra persona>> a la que en muchas ocasiones se <<quiere, admira y ama>> y de la cual se es <<pareja>>. Esta relación es, por ende, <<humana>> y <<recíproca>>, a diferencia de la auto-masturbación, en la que no existe reciprocidad. Por eso los “machotes” que condenan la homosexualidad aún cuando es <<humana>>, <<compartida>> e implica <<cariño, ternura y amor>>, y, no obstante, ellos mismos mantienen relaciones homosexuales consigo mismos, sin pareja, sin amor, sin vínculo, de manera completamente mecánica, merecen ser llamados fariseos o hipócritas. Si ellos insultan a quienes no establecen una relación heterosexual y, no obstante, ellos mantienen sexo con su propia mano, cabría preguntarnos si su mano es mujer o de sexo femenino. ¿No es aquello fetichismo? ¿No es esta anomalía aún peor que la zoofilia, dado que además de no procrear, ni siquiera brinda afecto ni placer a otro ser? Es completamente egoísta. Esos “machotes” son los bastiones de la doble moral, y por qué no, la imagen del <<vivaso criollo machista>> para el que los burdeles, las prostitutas, las tabernas y el alcohol, los chistes sexuales depravados, escupir y orinar en vías públicas y el maltrato doméstico a la mujer no son ninguna <<inmoralidad>>, como tampoco es <<inmoral>> votar para la presidencia por un <<asesino>>, <<corrupto>> y <<ladrón>> “con tal de que haga obras”. Si los peruanos no tienen ninguna conciencia del bien, de la sinceridad y de la coherencia, ¿por qué se quejan de su situación? Tal vez merecen permanecer en el <<tercer mundo>>.

viernes, 4 de abril de 2014

¿Es necesariamente homofóbico quien se opone a la homosexualidad en general y al matrimonio homosexual en particular?



Dos mujeres cuidando a un niño. Si son lesbianas, 
la gente se escandaliza y murmura; y si son heterosexuales, 
la gente replica: "es natural que dos mujeres cuiden a un niño".

A menudo escucho a individuos del espectro conservador de nuestra sociedad, principalmente a católicos, afirmar, con apariencia seria y circunspecta, sirviéndose de un acento remilgado, que el hecho de manifestarse en contra de la homosexualidad y oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo no implica ser homofóbico. Alegan, con una expresión inconmovible en el rostro, expresión que revela cierto rechazo o tal vez asco (es una apreciación personal que dejo al criterio de quien se digne a observarlos), que no odian a los homosexuales ni tampoco les profesan temor, que no sienten aversión o fobia hacia ellos, si bien admiten oponerse a lo que llaman su “estilo de vida” y a las leyes que proyectan incorporarlo en la sociedad. Esa es, para aquellos individuos, la prueba irrefutable de que no son homofóbicos. Pareciera, o quizás será una vaga sensación mía, un presentimiento difuso, que nos toman por ingenuos o por tontos, es decir, que nos toman el pelo. De ser el caso contrario, delibero necesario presentarles masticado y en cuchara lo evidente, teniendo en cuenta la estatura intelectual que caracteriza sus argumentos.

Empezaremos por rememorar la etimología del término “homofobia”. La palabra deriva del idioma griego y se compone de dos léxicos: “homos” (igual o semejante) y “phobos” (temor, odio o fobia). Fue acuñada por el psicoterapeuta, escritor y activista estadounidense George Weinbeg, y en su sentido primitivo se traducía por fobia hacia los homosexuales. Sin embargo, pese a que algunos, sea por conveniencia o por mera ignorancia, pretendan aplicar la palabra exclusivamente en su acepción primitiva, haciendo caso omiso de su significación vigente en la sociedad o del nuevo alcance que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo según la necesidad expresiva del entorno, lo cierto es que un breve, somero y tangencial estudio de lingüística es suficiente para ubicarlos en el contexto actual.

Según los estudios lingüísticos que analizan el desempeño del lenguaje a través de la historia, los vocablos no permanecen estáticos sino que evolucionan en el transcurso del tiempo, tanto en su morfología como en su semántica, y el lenguaje, como un todo, también lo hace. Esa es la razón por la que el español contemporáneo no es el mismo que el de la Edad Media o el del siglo XVII. Para quien ha leído obras como el “Cantar de mio Cid” o “Don Quijote de la Mancha” es innegable que la lengua presente en ellas es distinta, cuenta con palabras que varían en su morfología en algunos casos o en su semántica en otros.

Un ejemplo de un término que ha modificado a nivel semántico es el de “villano”. En sus inicios, y de acuerdo con su etimología, el término aludía exclusivamente a la persona que vivía en la “villa”. Posteriormente se amplió para designar al individuo “ruin”.  El término “abejorro”, por su parte, si en un principio aludía tan solo al insecto, pasó a designar, también, a la “persona de conversación pesada y molesta” según define la RAE. La palabra “guapo”, que originalmente significaba “vino estropeado”, “hombre vil” o “vagabundo”, pasó a decirse del “hombre valiente” y posteriormente del “hombre hermoso o bien parecido”. Igualmente, el vocablo “honrado” hacía referencia a la persona “ilustre” o “rica”, mientras que ahora lo hace a la “honesta”.

La palabra “homofobia” no es, tampoco, la excepción. Su sentido, lejos de mantenerse como era, se ha ampliado para abarcar, además de la “fobia hacia personas homosexuales”, como lo hacía originalmente, la actitud "anti-homosexual" y la “discriminación hacia personas homosexuales”. La expresión “homofobia”, en el vocabulario corriente, diario y coloquial de nuestra sociedad actual ha ido adquiriendo la misma significación que términos tales como “racismo” y “machismo” (a falta de palabras para expresar cierto tipo de realidades), solo que aplicada a la orientación sexual de la persona en lugar de aplicarse a su raza o a su sexo, como ocurre con el primero y el segundo respectivamente. En otras palabras, si el racismo designa la discriminación de la persona en función de su raza y el machismo la discriminación de la mujer en función de su sexo, la homofobia apunta hacia la discriminación del homosexual en función de su orientación sexual. Aunque podamos corroborar esta realidad en el uso cotidiano dado a aquella palabra en debates, escritos, manifiestos y reivindicaciones, los conservadores permanecen anclados en el pasado, no solo en sus ideas, sino también en el sentido arcaico en el que entienden las palabras.

Una vez clarificado este punto, cabe preguntarse: ¿realmente discrimina a los homosexuales en función de su orientación sexual quien se opone a la homosexualidad en general y al matrimonio homosexual en particular? Para responder acertadamente a la pregunta, primero debemos definir qué es la discriminación. Según la “Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación” (1993), aquella es definida como “toda distinción, exclusión o restricción que, basada en el origen étnico o nacional, sexo, edad, discapacidad, condición social o económica, condiciones de salud, embarazo, lengua, religión, opiniones, estado civil o cualquier otra, tenga por efecto impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas”.

Considerar la heterosexualidad como “correcta” y oponerse a la homosexualidad bajo el epíteto de “incorrecta” implica una distinción en función de la orientación sexual de la persona. Esta, lejos de ser una distinción neutra o sin una connotación valorativa moral (como lo sería distinguir el rojo del naranja o un médico de un ingeniero), es una distinción que entraña una valoración negativa o desdeñosa de una de las partes implicadas con respecto a la otra, estableciendo una jerarquía que desvirtúa a una de ellas y la coloca por debajo de la otra. Cuando un individuo establece este tipo de distinciones jerárquicas respecto a las razas, colocando la condición nórdica por encima de la condición indígena o viceversa, se le llama racista. Si lo hace respecto de los sexos, se le llama sexista, y específicamente machista si coloca la condición femenina por debajo de la masculina. El individuo que perpetra estas distinciones jerárquicas respecto a la orientación sexual no es la excepción, como algunos conservadores quisieran, y se le llama específicamente homofóbico si coloca la condición homosexual por debajo de la heterosexual.

Con relación a la oposición al matrimonio homosexual particularmente, la discriminación presente es más notoria aún que en el primer caso, en el de la oposición a la homosexualidad en general. En este la marginación se limita al ámbito de la mera valoración subjetiva si tenemos suerte (sucede que en muchos individuos también genera tendencias de rechazo o “apartheid” en su trato diario con la persona distinta o incluso tendencias violentas y, a veces, criminales). En el otro, empero, es más notoria la discriminación, ya que no le basta al individuo homofóbico su valoración subjetiva, sino que desea llevarla a cabo y plasmarla en planteamientos legales a nivel estatal que restrinjan, coarten, anulen o nieguen los derechos de un grupo de personas a las que se priva de ellos. Tales individuos aspiran a “impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas” (Ley Federal…) a causa de una “distinción, exclusión o restricción…” (Ley…) “…basada en el origen étnico… ….estado civil o cualquier otra” (Ley…). Cabe decir que es basada en la orientación sexual en este caso.

Para esta clase de individuos, las personas homosexuales no deben tener el derecho de unirse en matrimonio con su pareja de toda la vida, como sí la tienen las heterosexuales. Las primeras no deben hallarse en igualdad de condiciones con las segundas. Si bien estos conservadores alegan en su favor que a ambas les es permitido el matrimonio con el sexo opuesto, la verdad es que a las heterosexuales se les permite casarse con su pareja de toda la vida, en contraste con las personas homosexuales a las que no les está permitido, ya que en este caso se trata de parejas del mismo sexo, lo que tales conservadores parecen ignorar (entiéndase mi ironía alusiva a quienes tienen por habito hacerse los de la vista gorda). Por ese motivo, su derecho a casarse con una persona del sexo opuesto, fuera de cinismos y sin hacernos los ingenuos, termina sin aplicación real, siendo derecho sólo de nombre, teóricamente, un mero eufemismo, no un derecho efectivo que le sirva a su condición concreta. La táctica de los conservadores que recurren a tal argumento es análoga a la pretensión de que es factible y razonable favorecer a un ciego y hacerle justicia otorgándole derechos visuales. Para quienes se hacen los desentendidos y no toman en cuenta las variables existentes, destaco que los derechos que una persona no puede ejercer no son sino eufemismos, que en este caso sirven para rellenar la larga lista de excusas que procuran negarle los derechos que sí puede ejercer. La teoría debe entenderse a la luz de la praxis y ser aplicable, efectiva, no una nube desvinculada del entorno. En la práctica y en sus consecuencias verificables, en la vida real del humano que habita en la tierra, más allá del mundo como la abstracción teorética, desvinculada de la experiencia de vida, que algunos conservadores suelen tener en mente, los derechos no son los mismos. La negación de derechos iguales que compartan resultados similares o equivalentes, como el derecho a desposarse con la pareja de toda la vida, implica la negación de la igualdad de oportunidades, puesto que si bien los heterosexuales cuentan con la oportunidad de heredarle a su pareja y de conformar con esta una familia al amparo de la ley, con todos los beneficios que ello supone, los homosexuales no cuentan con esa oportunidad. De ahí que la oposición intelectual y sobre todo la lucha contra el matrimonio homosexual sea una clara forma de discriminación en función de la orientación sexual de una persona, es decir, una evidente señal de homofobia.

Es pertinente recordar, además, que quienes se oponen a la homosexualidad especificando no ser homofóbicos, muchas veces son pillados perpetrando actos de discriminación condenados por la “Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación”. Entre estos actos figuran el despedir de su empleo, cargo o puesto a una persona en función de su orientación sexual, o por motivo de la misma excluirla de algún club o círculo, por citar ejemplos. En incontables ocasiones estos casos escandalosos tuvieron la oportunidad de salir a la luz en los medios públicos, si bien la mayoría de casos permanecen ocultos y son sufridos en el silencio, la soledad y la impotencia. “Toda exclusión o restricción” (Ley…) que impida  “la igualdad real de oportunidades” (Ley) “basada en el origen étnico… o cualquier otra” (Ley…) es una forma de discriminación. En este caso la segregación se basa en la orientación sexual y por eso se le denomina homofobia.  ¿No es acaso el despedir de su cargo a una persona en función de su orientación sexual una “exclusión y estricción” (Ley…) a “la igualdad real de oportunidades” (Ley…)? Siempre se podrá recurrir a sofismas, que tan gratos resultan a cierta mentalidad conservadora amante de las formas o formalidades antes que de los contenidos, para explicar por qué todas las demás son exclusiones (la de raza, la de clase, la de sexo, etc.), salvo esa, la que atañe a la orientación sexual. De ahí que no sorprenda a nadie que los mismos individuos que aseveran no ser homofóbicos, en múltiples ocasiones defiendan, sin que se les erice un sólo vello de la piel, a instituciones que ejercen este tipo de discriminación, alegando que ellas cuentan con el derecho de colocar sus reglas de juego. No obstante, resalta su hipocresía o doble juicio, doble estándar, doble moral, cuando una institución, haciendo uso del derecho que ellos mismos defendieron, coloca como una de sus reglas de juego el no admitir a personas negras o indígenas. Entonces ellos actúan de forma opuesta al caso anterior, manifestándose en contra y vociferando de horror. Puro fariseísmo.

Nadie dudaría en acusar de racista e hipócrita al individuo que afirmase que el hecho de oponerse al matrimonio entre un blanco y una negra, o viceversa, y al matrimonio interracial en general, así como de manifestarse en contra del “estilo de vida” que profesan las personas que se emparejan con otras que son de una raza considerada distinta, no implica que sea racista, dado que no odia a las personas de otras razas ni siente aversión hacia ellas. Si un individuo alegara que “no estoy en contra de los negros, sino del matrimonio interracial entre blancos y negros” o “no estoy en contra de los indígenas, sino de que ellos puedan acceder a discotecas exclusivas”, y pretendiera que esa es la prueba de que no es un racista, multitudes saltarían sobre él.  Lo mismo cabe decir de quien, para demostrar que no es racista, adujera que cuenta con amigos de otras razas, pese a cholear o a blanquear a diestra y siniestra. Empero, curiosamente cuando se aplican los mismos argumentos con respecto a la homosexualidad y al matrimonio entre personas del mismo sexo, la evidente hipocresía y homofobia de estos individuos parece pasar desapercibida por el entorno, lo que no cesa de sorprender.

Vivimos en un mundo altamente racista, machista y homofóbico. El racismo prolifera y en muchas ocasiones no somos conscientes de él, cayendo en sus redes sin percatarnos. Lo mismo ocurre con el machismo, que se infiltra en las mentes de hombres y mujeres, y que muchas veces negamos por causa de las costumbres que nos han inculcado desde nuestro nacimiento, de las cuales es difícil distanciarse con la finalidad de observarse con una mayor objetividad y poder reconocer los propios errores. La homofobia acontece de la misma forma, muchas veces solapadamente, y nadie está completamente libre de ella mientras no esté atento sobre sí mismo.

En nuestra sociedad existe una mayor consciencia del racismo que del machismo, puesto que este se viene denunciando desde antes (el mismo Bartolomé de las Casas lo hace: leer su “Historia de la destrucción de las Indias”) y las personas de color obtuvieron en su lucha los mismos derechos que los hombres blancos con anterioridad a las mujeres, como ocurrió en lo respectivo a los derechos sufragistas y políticos (por ejemplo Robespierre incluía a los negros entre sus iguales y dignos de los mismos derechos, pero no así a las mujeres: leer las compilaciones de sus discursos políticos). Las feministas, por esa razón, criticaron duramente a la Revolución Francesa y cuestionaron los supuestos derechos universales por ser precisamente lo opuesto de universales, dado que, si bien incluían a todos los seres humanos sin importar la raza ni clase, no incluían a las mujeres, como si estas no fuesen también humanas. Asimismo, existe una mayor consciencia del machismo que de la homofobia, debido a que la problemática del primero afloró y fue tratada con anterioridad. La consciencia de la homofobia, por el contrario, recién se está despertando, se encuentra en pañales, y a penas ha logrado la obtención de derechos en algunas naciones (curiosamente la mayoría de naciones donde lo consiguió fueron las primeras en abolir la esclavitud y aceptar el sufragio femenino). Por eso, no debemos cesar en la lucha por despertar esta nueva consciencia naciente, como antaño despertamos las otras. Procuremos, de corazón, un cambio en la sociedad. Apostemos por un mundo más justo e igualitario para todos nosotros, libre de discriminación.

PD: La astucia para tapar el sol con un dedo por medio de argumentos formalistas y, sobre todo, la astucia para edificar pulidos castillos de naipes sobre el aire, castillos que terminan gobernando la vida de las personas en función de suposiciones idílicas con objetivos poco caritativos, no tiene límites. Qué duda cabe.